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AMENITIES Y PRODUCTOS DE ACOGIDA PARA HOTELES

\"El Ritz era el hotel de los que ya eran alguien\"

20 de Mayo 2010

Felipe Serrano (Villarrubia de los Ojos, 1959) es periodista. Ha escrito \'Hotel  Ritz. Un siglo en la historia de Madrid\'. Ha recogido los principales acontecimientos de uno de los hoteles más importantes de la ciudad, en el que trabajó como camarero.
 

El Ritz tiene nombre de cuplé.
O dicho de otra forma, el cuplé tiene nombre de Ritz. Existe un cuplé titulado \'Las tardes del Ritz\', que creó en 1923 Álvaro Retama junto al maestro Monreal. La catalana Tina de Jarque lo lanzó a la fama con esa frase tan rotunda: "Aunque cien años llegase a vivir, yo no olvidaría las tardes del Ritz". Las tardes del Ritz formaba parte de ese género de alta frivolidad que tanto furor hizo en la época. En 1958, Lilian de Celis lo llevó al cine en la película \'Aquellos tiempos del cuplé\'.

Se crea el hotel con apoyo real.

Su nacimiento obedece a que en la boda de Alfonso XIII no había ningún hotel para acoger a sus invitados.  Eso le llevó a invertir su empeño para conseguir crear un hotel comparable a los que ya había en París o Londres. Personalmente, aportó una cantidad de dinero para ser accionista.



El Ritz se consideraba el hotel de los triunfadores.

La idea la formuló el periodista Josep Plá. En 1921 reflejó la percepción del hotel en la época. Plá explicó que el Palace era el hotel de los que querían ser algo en la vida; y el Ritz, el hotel de los que ya lo habían conseguido. Era una diferencia que se mantuvo durante muchos años, aunque ahora su clientela está más globalizada y unificada.

¿Quiénes eran los \'NTR\'?

Eran considerados \'No Tipo Ritz\' los artistas, los toreros y todos aquellos del mundo de la farándula. No era tanto por ellos como por el variopinto séquito que les acompañaba. El Ritz era un hotel aristocrático en el que no se quería perturbar la paz de los clientes. Por ello, el hotel se dotó de una especie de código secreto para no aceptar a determinados posibles clientes. El veto no se llevó en muchos casos a las últimas consecuencias. La nómina de actores que se hospedaron allí fue abundante. También es cierto que se quedaron en la puerta figuras importantes. Cuenta una crónica de la época que James Stewart no pudo hospedarse porque era actor, pero se presentó minutos después luciendo su uniforme militar de las Fuerzas Armadas estadounidenses. Otra versión dice que la embajada americana medió con el hotel. Fernando Fernán Gómez, Lola Flores y Sara Montiel aludieron el asunto. Tampoco se permitía la entrada hombres sin corbata (al comedor -Von Karajan se quedó en la puerta-) y a mujeres con pantalones. Unas americanas que no fueron aceptadas por esta razón, se quitaron los pantalones en el baño y entraron con gabardinas, aunque sin ellos puestos.

¿Cómo se evitaban los hurtos?

El capítulo de la cleptomanía en los hoteles de lujo es muy divertido. Oficialmente, se atribuía a un despiste del cliente. Se llevaban cubiertos, toallas y hasta el llavero del hotel. Si se detectaba a tiempo, se incluía en un apartado denominado \'Miscelánea\'. Una actriz mexicana hacía desaparecer el salero de plata cada vez que le subían la comida. La maleta de los clientes es sagrada, pero una camarera decidió saltarse por una vez esta máxima y se encontró hasta seis saleros escondidos.

Los trabajadores son conocidos por conseguir lo imposible.

Han tenido que responder a gran cantidad de caprichos en tiempo récord. El presidente argentino Carlos Menem pidió jugar al tenis a las seis de la mañana. Le encontraron la pista y el rival sin problemas. A Margaret Thatcher le consiguieron una mesa de unas determinadas dimensiones para trabajar. Otro cliente pidió un nicho en el cementerio de la Almudena. Y el más peculiar fue un poderoso hombre de negocios que estaba muy enfermo de cáncer que pidió alojarse en el Ritz, asistir a un partido de fútbol y ver una corrida de toros. La última petición fue más difícil porque estaban fuera de temporada. Un trabajador era amigo de Palomo Linares y consiguió que le organizase una tienta privada en su finca.



Ha sido un punto de encuentro de la política española e internacional.

En la Primera Guerra Mundial, las habitaciones del hotel sufrieron el primer \'overbooking\' de la hostelería española con desplazados de lujo. En concreto, allí se dieron cita diplomáticos, políticos, informadores, militares... Fue una especie de base de operaciones. En 1916 se hospedó \'Mata-Hari\'. Allí le tendieron una serie de trampas que derivaron en su fusilamiento. Fue el hospital militar en la Guerra Civil donde murió Durruti y José Antonio Primo de Rivera (que murió el mismo día que el anterior) fue consejero del hotel. Se asentaron allí los principales jefes de Estado. Eva Duarte de Perón vino con un abrigo de pieles en pleno verano con sus cargamentos de carne, comida y trigo para la España hambrienta. Haile Selassie exigía que no se le diese la espalda al servirle, ni mirarle a los ojos. Ceaucescu no entendía que no hubiese un empleado del hotel que no fumigase los platos, y algunos de los trabajadores se preguntaban si no era para eliminar el microbio capitalista. Yasser Arafat dio allí la primera rueda de prensa en Occidente.

También ha tenido importancia para los medios de comunicación.

Ahora están muy de moda los desayunos informativos. El precedente se dio en la Transición cuando, a partir de 1980, un grupo de mujeres periodistas organizaron \'Los desayunos del Ritz\', por el que fueron desfilando todos los políticos importantes de la época prácticamente todos los días durante cinco años. Llegó a decir Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón que en los desayunos los políticos llegaban a ser casi sinceros y eso podía ser un peligro.



La seguridad ha sido un elemento fundamental del hotel.

Ocurrió el caso de las escuchas a Obiang. Fue quizás uno de los episodios más chuscos del espionaje español. En su momento, se conoció como la \'Operación Rizo\'. Perseguía colocar micrófonos en la habitación de este líder político, con tan mala suerte que los espías instalaron los micrófonos en una habitación equivocada y sólo oyeron las conversaciones privadas de sus escoltas. Otro episodio fue el del rey Jaled. Uno de sus guardaespaldas apuntó con una pistola a un camarero por llevar una cesta de fruta sin acreditación. Ése camarero era yo, aunque no lo cuento en el libro. Había mucha actividad del servicio del hotel. Consumían al día más de 300 kilos de fruta y en un momento determinado, pidieron fruta, subí sin la acreditación sin querer, y un miembro de la seguridad saudí me apuntó con un enorme pistolón. Al final, la fruta acabó rodando por la habitación y los policías españoles me acabaron salvando de aquel lío.


*Fuente extraida de madridiario.es
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